julio 17, 2010

Escuela Sabatica. Leccion 4, Tercer Trimestre 2010, "Justificados por la Fe"

Lección 04: para Julio 17

"Justificados por la Fe"

Sábado 17º de Julio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Romanos 3:19-28

PARA MEMORIZAR:

Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28).


LLEGAMOS AHORA al tema básico de Romanos: la justificación por la fe. El transgresor llega ante el juez y es condenado a muerte por sus transgresiones. Pero un sustituto toma los crímenes de él sobre sí, deján­dolo sin culpa y –por aceptar al sustituto– el juez no solo lo libera, sino lo considera como inocente del crimen que lo llevó a la corte. Es que el sustituto –que tiene un registro perfecto– ofrece al criminal perdonado su propia observancia perfecta de la ley. Así, el culpable queda como si nunca hubiera transgredido la ley.

Nadie dice que la persona era inocente. Al contrario, es claramente culpable. La buena noticia es que, a pesar de su culpa, es perdonada.

Cada uno de nosotros es el criminal. Jesús, el sustituto, tiene un re­gistro perfecto y toma nuestro lugar en la corte; le aceptan su justicia en lugar de nuestra injusticia. Por eso somos justificados ante Dios; no por nuestras obras, sino por causa de Jesús, cuya justicia llega a ser nuestra al aceptarla “por fe”. De aquí el término “justificación por fe”. No importa el pasado: cuando aceptamos a Jesús, estamos delante de Dios en la justicia de él, la única que puede salvarnos.

¡Esas sí que son buenas noticias! No pueden ser mejores


Domingo 18 de julio

LAS OBRAS DE LA LEY

Lee Romanos 3:19 y 20. ¿Qué está diciendo Pablo aquí acerca de la ley, lo que hace, y lo que no hace o no puede hacer? ¿Por qué es tan importante que comprendamos este punto?

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Pablo está usando el término ley en su sentido amplio, como lo en­tendían los judíos de su tiempo. Con el término torah (la palabra hebrea para “ley”), un judío aun hoy piensa específicamente en las instrucciones que Dios dio en los primeros cinco libros de Moisés, pero también, en forma más general, en todo el Antiguo Testamento. La ley moral, la am­plificación de ésta en los estatutos y juicios, así como los preceptos cere­moniales, era una parte de esta instrucción. Por causa de esto, podemos pensar aquí que la ley era todo el sistema judaico.

Estar bajo la ley significa estar bajo su jurisdicción. La ley revela las faltas de una persona y su culpa ante Dios. Sin embargo, la ley no puede eliminar dicha culpa; lo que puede hacer es conducir al pecador a buscar un remedio para ella.

Al aplicar el libro de Romanos a nuestros días, pensamos en la ley específicamente en términos de la ley moral. Esta ley no puede salvarnos más de lo que podía salvar el sistema del judaísmo a los judíos. Salvar a un pecador no es la función de la ley moral. Su función es revelar el carácter de Dios y mostrar a la gente dónde falla en reflejar ese carácter.

Cualquiera que fuera la ley –moral, ceremonial, civil o todas combi­nadas–, el guardar alguna de ellas o todas no hacía que un hombre fuera justo a la vista de Dios. De hecho, la ley nunca tuvo la intención de hacer eso. Por el contrario, la ley señala nuestras fallas y nos conduce a Cristo.

La ley no puede salvarnos, así como los síntomas de una enfermedad no pueden curarla. Los síntomas no curan: señalan la necesidad de una cura. Así funciona la ley.

¿Cuánto éxito has tenido en tus esfuerzos por guardar la ley? ¿Qué debe decirte esa respuesta acerca de la inutilidad de tratar de ser salvo por guardar la ley?



Lunes 19 de julio

FE Y JUSTICIA

Ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testifi­cada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21). ¿Cómo debemos enten­der lo que significa este texto?

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Esa nueva justicia contrasta con la justicia de la ley, que era la justicia con la cual los judíos estaban familiarizados. La nueva justicia es llamada “la justicia de Dios”; es decir, una justicia que viene de Dios, una justicia que Dios provee y la única que él acepta como la verdadera justicia.

Esta es, por supuesto, la justicia que Jesús produjo en su vida mien­tras estuvo en carne humana, una justicia que él ofrece a todos los que la acepten por fe, que la reclamen como de ellos, no porque la merezcan, sino porque la necesitan.

La justicia es la obediencia a la ley. La ley demanda justicia y, ante la ley, el pecador debe ser justo. Pero es incapaz de serlo. La única forma en que puede obtener la justicia es mediante la fe. Por fe puede pre­sentar a Dios los méritos de Cristo, y el Señor coloca la obediencia de su Hijo en la cuenta del pecador. La justicia de Cristo es aceptada en lugar del fracaso del hombre, y Dios recibe, perdona y justifica al alma creyente y arrepentida, la trata como si fuera justa, y la ama como ama a su Hijo” (Mensajes selectos, tomo 1, p. 430). ¿De qué modo puedes aprender a aceptar esta maravillosa verdad para ti mismo? (Ver también Romanos 3:22.)


Aquí se habla de la fe en Jesucristo. Al actuar en la vida cristiana, la fe es mucho más que un asentimiento intelectual; es más que solo un re­conocimiento de ciertos hechos acerca de la vida de Cristo y de su muer­te. En cambio, la verdadera fe en Jesucristo es aceptarlo como Salvador, Sustituto, Garante, y Señor. Es elegir su forma de vida. Es confiar en él y procurar, por fe, vivir de acuerdo con sus mandamientos.


Martes 20 de julio

GRACIA Y JUSTIFICACIÓN

Recordando lo que hemos estudiado acerca de la ley y lo que la ley no puede hacer, lee Romanos 3:24. ¿Qué dice Pablo aquí? ¿Qué signifi­ca que la redención es en Jesús?

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¿Qué es “justificar”? La palabra griega dikaióo, traducida como “justifi­car”, puede significar “hacer justo”, “declarar justo”, o “considerar justo”. La palabra es derivada de dikaiosúne, “justicia”, y la palabra dikaíoma, “reque­rimiento justo”. Por eso, hay una conexión estrecha entre “justificación” y “justicia”, conexión que no siempre se observa en las diversas traducciones. Somos justificados cuando somos “declarados justos” por Dios.

Antes de esta justificación, una persona es injusta y no aceptable para Dios; después de la justificación, ella es considerada justa y, por eso, aceptable para Dios.

Y esto es solo por la gracia de Dios. Gracia significa favor. Cuando un pecador busca a Dios por salvación, es un acto de gracia declarar que esa persona es justa. Es un favor inmerecido, y el creyente es justificado sin ningún mérito propio, sin ningún alegato para presentar a Dios en su favor, excepto su total impotencia. La persona es justificada por medio de la redención que es en Cristo Jesús, y que él ofrece como sustituto y garantía del pecador.

La justificación se presenta en Romanos como un acto puntual; es decir, sucede en un punto en el tiempo. En un momento el pecador está afuera, injusto, no aceptado; al momento siguiente, después de la justifi­cación, la persona está adentro, aceptada, justa.

La persona que está en Cristo considera la justificación como un acto pasado, que sucedió cuando él se entregó plenamente a Cristo. “Siendo justificados” (Romanos 5:1) es, literalmente “habiendo sido justificados”.

Por supuesto, si el pecador justificado llega a apartarse, y luego re­gresa a Cristo, la justificación ocurrirá nuevamente. Además, si la recon­versión se considera una experiencia diaria, en un sentido la justificación podría considerarse una experiencia repetida.

Siendo que la buena noticia de la salvación es tan buena, ¿qué im­pide que la gente la acepte? En tu propia vida, ¿qué clase de cosas te retienen de todo lo que él te promete y te ofrece?



Miércoles 21 de julio

SU JUSTICIA”

En Romanos 3:25, Pablo continúa dando la gran noticia de la salva­ción. Él usa una palabra especial, propiciación. En griego es hilastérion, que aparece en el Nuevo Testamento solo aquí y en Hebreos 9:5, donde se la ha traducido como “propiciatorio”. En Romanos 3:25, al describir la ofrenda de la justificación y la redención por medio de Cristo, la propicia­ción representa el cumplimiento de lo que simbolizaba el propiciatorio (la tapa del Arca del Pacto) en el Santuario del Antiguo Testamento. Esto significa que, por su muerte como sacrificio, Jesús es presentado como el medio de salvación y representa a Aquel que provee la propiciación. Dios hizo lo que había que hacer para salvarnos.

El texto también dice “haber pasado por alto” los pecados pasados. Nuestros pecados nos hacen inaceptables para Dios. No podemos hacer nada por nosotros mismos para cancelar nuestros pecados. Pero Dios ha provisto una manera para que los pecados puedan ser perdonados: por la fe en la sangre de Cristo.

El griego usa la palabra parésis, es decir “pasar por alto”. Esto no es ignorar los pecados. Dios puede pasar por alto los pecados pasados por­que Cristo pagó la penalidad por los pecados de todos los hombres. Por eso, todo el que tiene “fe en su sangre” recibe el perdón de sus pecados, porque Cristo ya murió por ellos (1 Corintios 15:3).

Lee Romanos 3:26 y 27. ¿Qué destaca Pablo aquí?

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La buena noticia es que los hombres disponen de “su justicia [la de Dios]”, que nos llega, no por obras ni por méritos, sino por la fe en Jesús y lo que él hizo por nosotros.

Por la cruz del Calvario, Dios puede declarar justos a los pecadores, y todavía ser justo ante el universo. Satanás no puede acusar a Dios, porque el Cielo hizo el sacrificio supremo. Satanás acusaba a Dios por pedir de los hombres más de lo que él estaba dispuesto a dar. La Cruz refuta esta acusación.


Satanás esperaba que Dios destruyera al mundo después de que en­tró el pecado; en cambio, Dios envió a Jesús para salvarlo. ¿Qué nos dice esto acerca del carácter de Dios? ¿Cómo nuestro conocimiento de su carácter impacta la forma en que vivimos? ¿Qué harás en forma diferente en el futuro como resultado de saber cómo es Dios?



Jueves 22 de julio

FE Y OBRAS

Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28). ¿Significa que no se requiere que obedezcamos la ley, aun si ella no nos salva? Explica tu respuesta.

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En el contexto histórico, Pablo hablaba en Romanos 3:28 de la ley en su sentido amplio: el sistema judaico. No importa cuán a conciencia un judío tratara de vivir bajo ese sistema, si no aceptaba a Jesús como el Mesías, no sería justificado.

Pablo afirma que la ley de la fe excluye la jactancia (Romanos 3:27). Si un hombre fuera justificado por sus propios actos, podría jactarse de ello. Pero como es justificado por fe en Jesús, es claro que el crédito pertenece a Dios, quien justifica al pecador.

¿Qué es la justificación por la fe?” Elena de White responde: “Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que éste no puede hacer por sí mismo” (Testimonios para los ministros, p. 456).

Las obras de la ley no pueden expiar los pecados. La justificación no puede ser ganada. Se recibe solo por fe en el sacrificio expiatorio de Cristo. Por lo tanto, las obras de la ley no tienen nada que hacer con la justificación. Ser justificado sin obras significa ser justificado sin que ten­gamos nada que merezca la justificación.

Pero muchos cristianos han entendido y aplicado mal este texto. Di­cen que todo lo que uno tiene que hacer es creer, y minimizan las obras o la obediencia a la ley moral. En esto entienden muy mal a Pablo. En Ro­manos, y en otras partes, Pablo asigna gran importancia a la observancia de la ley moral. Jesús, Santiago y Juan también lo hicieron (Mateo 19:17; Romanos 2:13; Santiago 2:10, 11; Apocalipsis 14:12). Pablo destaca que, aunque la obediencia a la ley no es el medio para justificarnos, quien es justificado por fe guarda la ley de Dios y, de hecho, es el único que puede guardar la ley. Una persona que no ha sido justificada nunca puede cumplir los requerimientos de la ley.

¿Por qué es tan fácil pensar que, por cuanto la ley no nos salva, no necesitamos guardarla? ¿Has racionalizado alguna vez el pecado al pedir la justificación por la fe? ¿Por qué esa es una posición muy peli­grosa? ¿Dónde estaríamos sin la promesa de la salvación, aun cuando estemos tentados a abusar de ella?



Viernes 23 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee “La justicia de Cristo en la ley”, “Venid y buscad y encontrad” y “La perfecta obediencia mediante Cristo”, Mensajes selectos, t. 1, pp. 278-282; 389-393; 438, 439; y “Dónde hallar la verdad”, Palabras de vida del gran Maestro, pp. 98, 99.

El carácter de Cristo toma el lugar del tuyo, y eres aceptado por Dios como si no hubieras pecado” (El camino a Cristo, p. 62).

La gracia es un favor inmerecido. Los ángeles, que no saben nada del pecado, no comprenden qué significa que se les extienda la gracia, pero nuestra pecaminosidad demanda la dádiva de la gracia de un Dios misericordioso” (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 389, 390).

La fe es la condición por la cual Dios ha visto conveniente prometer perdón a los pecadores. No es que haya virtud alguna en la fe, que haga merecer la salvación, sino que la fe, aferrándose a los méritos de Cristo, proporciona el remedio para el pecado. La fe puede presentar la perfecta obediencia de Cristo en lugar de la transgresión y apostasía del pecador. Cuando el pecador cree que Cristo es su Salvador personal, entonces, de acuerdo con la promesa infalible de Jesús, Dios le perdona su pecado y lo justifica gratuitamente. El alma arrepentida comprende que su justifica­ción viene de Cristo que, como sustituto y garantía, ha muerto por ella, y es su expiación y justificación” (Mensajes selectos, tomo 1, p. 430).

Aunque la ley no puede remitir el castigo del pecado, sino cargar al pecador con toda su deuda, Cristo ha prometido perdón abundante a to­dos los que se arrepienten y creen en su misericordia. El amor de Dios se extiende en abundancia hacia el alma arrepentida y creyente. El sello del pecado en el alma puede ser raído solamente por la sangre del Sacrificio expiatorio. [...] La obra de Cristo, su vida, humillación, muerte e interce­sión por el hombre perdido magnifican la ley y la hacen honorable” (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 435, 436).



PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. Lee otra vez los textos estudiados y escribe un párrafo resumiendo lo que dicen. Compartan los párrafos escritos por cada uno.

  2. Piensa lo que costó salvarnos: la muerte del Hijo de Dios. ¿Qué nos dice esto acerca de cuán malo es el pecado? Si dejáramos de pecar y nunca más lo hiciéramos, ¿por qué esto no sería suficiente para hacernos justos delante de Dios? ¿Cómo esto nos motiva para resistir la tentación a pecar?

  3. ¿De qué forma es posible abusar de esta buena noticia de la justi­ficación por la fe sola? ¿En qué trampa cae quien comete un abuso tal?

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julio 10, 2010

Escuela Sabatica. Leccion 3, Tercer Trimestre 2010, "Todos hemos Pecado"

Lección 03: para Julio 17

"Todos hemos Pecado"

Sábado 10º de Julio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Romanos 1:16, 17, 22-32; 2:1-10, 17-23; 3.1, 2, 10-18, 23

PARA MEMORIZAR:

Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

SI UNA PERSONA NO RECONOCE que es pecadora, no sentirá nin­guna necesidad de justificación (la declaración de Dios de que un peca­dor es justo delante de sus ojos). Para Pablo, el primer paso en la justifica­ción es que la persona reconozca que es pecadora, y está sin esperanza y desvalida. Al plantear esto, Pablo presenta primero la gran depravación de los gentiles. Ellos cayeron por eliminar a Dios de sus mentes. Pablo luego muestra que los judíos también están mal, ya que ninguno puede salvarse por sus buenas obras.

Elena de White dice: “Nadie adopte la posición limitada y estrecha de que algunas de las obras del hombre pueden ayudar en lo más ínfimo a liquidar la deuda de su transgresión. Este es un engaño fatal. Si deseáis entender esto, debéis [...] estudiar la expiación con corazón humilde.

Este tema se comprende en forma tan confusa que miles y más mi­les que pretenden ser hijos de Dios son hijos del maligno, porque quieren depender de sus propias obras. Dios siempre demanda buenas obras, la ley las demanda; pero como el hombre entró en pecado, donde sus obras no tenían valor, solo puede valer la justicia de Cristo” (“Comentarios de Elena G. de White”, Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1071).


Domingo 11 de julio

NO AVERGONZADO DEL EVANGELIO

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16, 17). ¿Qué te dicen estos versículos? ¿Cómo has experimentado las promesas y la esperanza que se encuentran en ellos?

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En este pasaje aparecen varias palabras clave:

1. Evangelio. Es la traducción de una palabra griega que significa lite­ralmente “buen mensaje” o “buenas noticias”. Por sí sola, la palabra puede referirse a cualquier buen mensaje; pero modificada, como lo está aquí, por la frase “de Cristo”, significa “la buena noticia acerca del Mesías”. (Cristo es la transliteración de la palabra griega que significa “Mesías”). La buena noticia es que el Mesías vino y los hombres pueden salvarse si creen en él. En Jesús y en su perfecta justicia –y no en nosotros mismos o siquiera en la ley de Dios– podemos encontrar salvación.

2. Justicia. Se refiere a la cualidad de ser “justos” para con Dios. En Romanos se desarrolla un significado especializado de esta palabra, que veremos más adelante. Debería señalarse que en Romanos 1:17 la palabra está calificada por la frase “de Dios”. Es la justicia que viene de Dios, una justicia que Dios mismo ha provisto. Como veremos, esta es la única jus­ticia suficientemente buena para traernos la promesa de la vida eterna.

3. Fe. En griego, las palabras traducidas como creer y fe en este pasaje son las formas verbal y sustantiva de la misma palabra: pistéuo (creer), pístis (creencia o fe). El significado de la fe en relación con la salvación se desarrollará a medida que avancemos en el estudio de Romanos.

¿Luchas alguna vez con la duda? ¿Tienes momentos en que cuestio­nas si eres salvo o aun si puedes ser salvo? ¿De dónde te vienen estos temores? ¿En qué se basan? ¿Podrían estar basados en la realidad? Es decir, ¿podrías estar viviendo un estilo de vida que niegue tu profe­sión de fe? Si es así, ¿qué elecciones tienes que hacer a fin de tener la certeza y las promesas que son tuyas en Jesús?



Lunes 12 de julio

LA CONDICIÓN HUMANA

Lee Romanos 3:23. ¿Por qué este mensaje es tan fácil de creer hoy para nosotros como cristianos? Al mismo tiempo, ¿por qué algunas per­sonas cuestionan la veracidad de este texto?

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Sorprende que algunas personas desafíen esta idea de la pecamino­sidad humana, alegando que la gente es básicamente buena. El problema surge de una falta de comprensión de lo que es la verdadera bondad. La gente se compara con alguna otra persona y se siente bien consigo misma. Aun el gánster Al Capone era bueno comparado con Adolfo Hitler. Sin embargo, si nos comparáramos con Dios, su santidad y su justicia, cada uno de nosotros saldría con un abrumador sentido de aborrecimiento y disgusto propio.

El versículo también habla acerca de “la gloria de Dios”. La frase ha sido interpretada de diversas maneras. Tal vez la interpretación más sencilla es dar a la frase el significado que tiene en 1 Corintios 11:7: “Pues él [el hombre] es imagen y gloria de Dios”. En griego, la palabra “gloria” puede considerarse aproximadamente equivalente a la palabra “imagen”. El pecado ha arruinado la imagen de Dios en el hombre. El hombre pe­cador no refleja la imagen o la gloria de Dios.

Lee Romanos 3:10 al 18. ¿Ha cambiado alguna cosa en nuestros días? ¿Cuál de estas descripciones se aplica mejor a ti? o ¿a qué te pare­cerías si no fuera por Cristo en tu vida?

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Aunque somos malos, nuestra situación no es desesperada. El pri­mer paso es que reconozcamos nuestra total pecaminosidad y nuestra impotencia para hacer nada acerca de ello. El Espíritu Santo produce en nosotros tal convicción. Si el pecador no se resiste, el Espíritu lo guiará a echar de sí la máscara de autodefensa, fingimiento y justificación propia, y a arrojarse a los pies de Cristo, rogándole su misericordia: “Dios, sé pro­picio a mí, pecador” (Lucas 18:13).

¿Cuándo fue la última vez que te miraste seriamente: tus motivos, tus actos y tus sentimientos? Esto puede ser una experiencia muy estresante, ¿verdad? ¿Cuál es tu única esperanza?



Martes 13 de julio

DEL SIGLO I AL SIGLO XXI

A comienzos del siglo XX, la gente vivía con la idea de que la hu­manidad estaba mejorando, que la moralidad aumentaría, y que la ciencia y la tecnología ayudarían a introducir una utopía. Se creía que los seres humanos estaban en el sendero hacia la perfección; es decir, por medio de la clase correcta de educación y la enseñanza moral, los seres humanos se mejorarían grandemente a sí mismos y a su sociedad. Todo esto se supo­nía que comenzaría a ocurrir, en masa, al entrar en el maravilloso nuevo mundo del siglo XX.

Desdichadamente, las cosas no resultaron de ese modo, ¿verdad? El siglo XX fue uno de los más violentos y bárbaros de toda la historia, en gran parte gracias –muy irónicamente– a los adelantos de la ciencia, que hicieron mucho más posible que la gente se matara en una escala que los locos más depravados del pasado solo podrían haber soñado.

¿Cuál era el problema?

Lee Romanos 1:22 al 32. ¿De qué maneras vemos que las cosas allí escritas en el primer siglo se manifiestan hoy en el siglo XXI?

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Cuando la humanidad perdió de vista a Dios, se abrieron las com­puertas del pecado, el error y la degradación. Hoy, cada uno de nosotros está viviendo las consecuencias de ese problema. De hecho, a menos que momento tras momento nos entreguemos a Dios, también llegaremos a ser parte del problema.


Concéntrate específicamente en Romanos 1:22 y 23. ¿De qué modo vemos manifestarse hoy este principio? Al rechazar a Dios, ¿qué han llegado a adorar e idolatrar los seres humanos en nuestro siglo? Al hacerlo, ¿cómo han llegado a ser necios? Lleva tu respuesta a la clase el sábado.



Miércoles 14 de julio

JUDÍOS Y GENTILES JUNTOS

En Romanos 1, Pablo se refería específicamente a los pecados de los gentiles, los paganos, que habían perdido de vista a Dios hacía mucho tiempo y habían caído en las prácticas más degradantes.

Pero no iba a pasar por alto a su propio pueblo. Ellos habían recibido ventajas (Romanos 3:1, 2), pero también eran pecadores, condenados por la Ley de Dios, y necesitaban la gracia salvadora de Cristo. Los judíos y los gentiles eran iguales en el sentido de que ambos pueblos eran pecadores, habían violado la ley de Dios, y necesitaban la gracia divina para la salvación.

Lee Romanos 2:1 al 3, y 17 al 24. ¿Contra qué cosa advierte Pablo aquí? ¿Qué mensaje debemos recibir todos, judíos y gentiles, de esta advertencia?

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No se estimen mejores que los demás ni se erijan en sus jueces. Ya que no pueden discernir los motivos, no pueden juzgar a otro. Si lo critican, están emitiendo una sentencia sobre vuestro propio caso; por­que demuestran ser partícipes con Satanás, el acusador de los hermanos” (El Deseado de todas las gentes, pp. 280, 281).

Es muy fácil ver y señalar los pecados en otros. Pero ¡cuán a menudo somos culpables de la misma clase de pecados que ellos, o aún peores! El problema es que somos ciegos hacia nosotros mismos, o nos sentimos mejor mirando cuán malos son los demás en contraste con nosotros mis­mos.

Pablo no acepta eso. Él advierte a sus conciudadanos que no sean rápidos para juzgar a los gentiles, porque ellos, los judíos –aun como el pueblo elegido– son pecadores, en algunos casos más culpables que los paganos que ellos condenan porque, como judíos, han recibido más luz que los gentiles.

Lo que Pablo destaca es que ninguno de nosotros es justo, ni alcanza la norma divina, ni es intrínsecamente bueno o inherentemente santo. Ju­díos y gentiles, hombres y mujeres, ricos y pobres, los temerosos de Dios y los que rechazan a Dios, todos somos condenados; y si no fuera por la gracia de Dios, no habría esperanza para ninguno de nosotros.


¿Cuán grande es tu hipocresía? Es decir, ¿cuán a menudo, aunque sea solo en tu propia mente, condenas a otros por cosas de las que tú mismo eres culpable? ¿De qué manera podrías cambiar siguiendo lo que Pablo escribió aquí?



Jueves 15 de julio

ARREPENTIMIENTO

Un niño de cinco años empujó a su hermanita, y los padres le hicie­ron pedir perdón. Él no quería hacerlo, y sin nada de sinceridad y con los ojos en el suelo, apenas murmuró: “Lo lamento”. Realmente, no parecía un verdadero arrepentimiento.

Recordando esta historia, lee lo siguiente: “¿O menosprecias las ri­quezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4). ¿Qué mensaje hay aquí para nosotros?

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Deberíamos notar que la bondad de Dios guía, no obliga, a los pe­cadores al arrepentimiento. Dios no usa la coerción. Él es infinitamente paciente y procura atraer a todos los hombres con su amor. Un arrepen­timiento forzado destruiría todo el propósito del arrepentimiento, ¿ver­dad? Si Dios forzara el arrepentimiento, entonces se salvarían todos, pues ¿por qué razón forzaría a algunos a arrepentirse y a otros no?

¿Qué sucede a quienes resisten al amor de Dios, rehúsan arrepen­tirse y permanecen en la desobediencia? Romanos 2:5-10.

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En estos versículos, y con frecuencia a través del libro de Romanos, Pablo enfatiza el lugar de las buenas obras. No debe entenderse que la justificación por fe, sin las obras de la ley, indica que las obras no tienen lugar en la vida cristiana. Por ejemplo, en el versículo 7, se describe la salvación que viene a los que la buscan “perseverando en bien hacer”. Aunque el esfuerzo humano no puede traer la salvación, es parte de la experiencia entera de la salvación. Es difícil ver cómo alguno puede leer la Biblia y salir con la idea de que las obras y los actos no importan para nada. El verdadero arrepentimiento, esa clase que se produce desde el corazón, siempre será seguido por una decisión de vencer y dejar a un lado las cosas de las que necesitamos arrepentirnos.


¿Cuán a menudo tienes una actitud de arrepentimiento? ¿Es sincero o tiendes a pasar por alto tus faltas, limitaciones y pecados? Si es lo último, ¿cómo puedes cambiar? ¿Por qué debes cambiar?



Viernes 16 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee Palabras de vida del gran Maestro, pp. 233-237; “La más urgente necesidad del hombre”, El camino a Cristo, pp. 15-20; “Hablemos bien de los demás”, El ministerio de curación, pp. 392-394; y Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 35, 36.

Muchos están engañados acerca de la condición de su corazón. No comprenden que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío. Se envuelven con su propia justicia y están sa­tisfechos con alcanzar su propia norma humana de carácter. Sin embargo, cuán fatalmente fracasan cuando no alcanzan la norma divina y, por sí mis­mos, no pueden hacer frente a los requerimientos de Dios” (Mensajes selectos, tomo 1, p. 376).

Se me ha presentado un horrible cuadro de la condición del mundo. La inmoralidad cunde por doquiera. La disolución es el pecado caracte­rístico de esta era. Nunca alzó el vicio su deforme cabeza con tanta osadía como ahora. La gente parece aturdida, y los amantes de la virtud y de la verdadera bondad casi se desalientan por esta osadía, fuerza y predomi­nio del vicio. La iniquidad prevaleciente no es del dominio exclusivo del incrédulo y burlador. Ojalá fuese tal el caso; pero no sucede así. Muchos hombres y mujeres que profesan la religión de Cristo son culpables. Aun los que profesan esperar su aparición no están más preparados para ese suceso que Satanás mismo. No se están limpiando de toda contamina­ción. Han servido durante tanto tiempo a su concupiscencia que sus pen­samientos son, por naturaleza, impuros, y sus imaginaciones, corruptas” (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 253).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. Repasen la pregunta del martes. ¿Cómo se manifiestan estos prin­cipios en la sociedad de hoy?

  2. Considera la segunda cita de Elena de White que leíste más arriba. Si te ves a ti mismo allí, ¿cuál es la solución? ¿Por qué es importante no desesperar, sino seguir reclamando las promesas de Dios: primero, la de perdón; segundo, la de limpieza? Satanás quiere que digas: “No vale la pena. Soy demasiado corrupto. Nunca podré ser salvo, así que, renuncio”. ¿Por qué no escuchas a Jesús, que dice: “Ni yo te condeno; vete, y no pe­ques más” (Juan 8:11)?

  3. ¿Por qué es tan importante para los cristianos comprender la pe­caminosidad y depravación de los seres humanos? ¿Qué sucede cuando perdemos de vista esa triste pero verdadera realidad? ¿A qué errores pue­de llevarnos esa falsa comprensión de nuestra verdadera condición?


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julio 05, 2010

Escuela Sabatica. Leccion 2, Tercer Trimestre 2010, "Judios y Gentiles"

Lección 02: para Julio 10

Judíos y Gentiles

Sábado 3º de Julio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Levítico 23, Mateo 19:17; Hechos 15:1-29; Gálatas 1:1-12; Hebreos 8:6; Apocalipsis 12:17

PARA MEMORIZAR:

Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).


LOS PRIMEROS CONVERSOS al cristianismo eran todos judíos, y el Nuevo Testamento no dice que se les pidió que abandonaran la práctica de la circuncisión o las fiestas judías. Pero cuando los gentiles aceptaban el cristianismo, surgieron preguntas importantes. ¿Debían los gentiles cir­cuncidarse o guardar las demás leyes judías? Se reunió un concilio en Jerusalén para resolver el asunto (ver Hechos 15).

El concilio decidió no imponer leyes judías a los gentiles, pero algu­nos maestros insistieron en que los conversos gentiles debían guardar esas leyes, incluso la circuncisión.

Estos problemas existen hoy, solo que en una forma diferente. ¿Cuán a menudo se nos acusa de ser judaizantes, o legalistas, por nuestra adhe­sión a los Diez Mandamientos (en realidad, al mandamiento del sábado)? ¿O se nos dice que ahora estamos bajo el Nuevo Pacto, y así la ley (el mandamiento del sábado) ha sido eliminada?

Además, a veces nos confrontan los que quieren imponer más reglas del Antiguo Testamento. Por esto, Romanos tiene un mensaje importante para nosotros hoy, como lo tuvo para la iglesia de Roma en ese entonces.


Domingo 4 de julio

MEJORES PROMESAS

Lee Hebreos 8:6. ¿Cuál es el mensaje aquí? ¿Cuáles son estas “me­jores promesas”?

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Tal vez la mayor diferencia entre la religión del Antiguo Testamento y la del Nuevo es que esta última comenzó con la venida del Mesías. Jesús fue enviado por Dios como el Salvador. No se lo puede ignorar y ser salvo. Solo por medio de la expiación que él proveyó pueden ser perdonados nuestros pecados. Solo por la imputación de su vida perfecta podemos estar delante de Dios sin condenación. La salvación es solo por medio de la justicia de Jesús.

Los santos del Antiguo Testamento esperaban las bendiciones de la era mesiánica y la promesa de la salvación. En los tiempos del Nuevo Tes­tamento, la gente se confrontaba con la pregunta: ¿Aceptaremos a Jesús de Nazaret, a quien Dios ha enviado como el Mesías, el Salvador? Si creían en él, y lo aceptaban como el que realmente era y se comprometían con él, serían salvos por medio de la justicia que él les ofrecía libremente.

No obstante, los requerimientos morales permanecían sin cambiar en el Nuevo Testamento, porque estaban fundados en el carácter de Dios y en el de Cristo. La obediencia a la ley moral de Dios es parte del Nuevo Pacto tanto como del Antiguo.

Lee Mateo 19:17; Apocalipsis 12:17; 14:12; y Santiago 2:10 y 11. ¿Qué nos dicen estos textos acerca de la ley moral en el Nuevo Testa­mento?

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Al mismo tiempo, las leyes rituales y ceremoniales que eran distin­tivamente israelitas, vinculadas con el Antiguo Pacto y que señalaban a Jesús, su muerte y su ministerio como Sumo Sacerdote, cesaron y se in­trodujo un nuevo orden, basado en “mejores promesas”.

Una de las metas de Pablo en el libro de Romanos era ayudar a judíos y a gentiles a comprender lo que involucraba esta transición del judaísmo al cristianismo. Iba a tomar tiempo hacer esa transición.

¿Cuáles son algunas de tus promesas favoritas de la Biblia? ¿Cuán a menudo reclamas su cumplimiento? ¿Qué elecciones haces que pueden impedir el cumplimiento de esas promesas en tu vida?



Lunes 5 de julio

LEYES Y REGLAMENTOS JUDÍOS

Hojea el libro de Levítico (por ejemplo, los capítulos 12, 16 y 23). ¿Qué piensas cuando lees todas esas reglas y ritos? ¿Por qué muchos eran prácticamente imposibles de seguir en tiempos del Nuevo Testamento?

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Clasifiquemos las leyes del Antiguo Testamento en varias categorías: 1) leyes morales; 2) leyes ceremoniales; 3) leyes civiles; 4) estatutos y juicios; y 5) leyes de salud.

Esta clasificación es algo artificial. Algunas de estas categorías están interrelacionadas o se superponen. Los antiguos no las veían como sepa­radas y diferentes.

La ley moral está expresada en los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1- 17) y resume los requisitos morales de la humanidad. Son amplificados y aplicados en varios estatutos en los cinco primeros libros de la Biblia, que muestran cómo guardar la ley de Dios en diversas situaciones.

Las leyes civiles estaban basadas en la ley moral. Definen la relación de un ciudadano con las autoridades civiles y con sus conciudadanos. Indican las penas por diversas infracciones.

La ley ceremonial regulaba el ritual del Santuario, describiendo las diversas ofrendas y las responsabilidades de los ciudadanos. También de­finía los días de fiesta y su observancia.

Las leyes de salud se superponen con otras leyes. Las leyes relaciona­das con la impureza definen la impureza ceremonial, pero también inclu­yen principios de higiene y salud. Las leyes acerca de las carnes limpias e inmundas están basadas en consideraciones físicas.

Los judíos consideraban que estas leyes procedían de Dios, pero las diferenciaban. Los Diez Mandamientos habían sido pronunciados por Dios directamente a la gente y por ello tenían importancia especial. Las otras leyes habían sido dadas a través de Moisés. El ritual del Santuario se practicó solo mientras el Santuario estuvo en actividad.

Las leyes civiles, en gran parte, no se podían imponer después de que los judíos perdieron su independencia y estuvieron bajo el control civil de otra nación. Los preceptos ceremoniales no podían observarse después de que el Templo fue destruido. Además, con la venida del Mesías, muchos de los tipos (o símbolos) encontraron su realidad y ya no tenían validez.


Martes 6 de julio

¿QUÉ DEBO HACER PARA SER SALVO?”

Lee Hechos 15:1. ¿Qué problema causó disensión? ¿Por qué al­gunas personas creían que esto no era solo para la nación judía? Ver Génesis 17:10.

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Mientras los apóstoles, unidos a ministros y miembros laicos de An­tioquía, trataban de ganar almas para Cristo, ciertos creyentes de Judea, “de la secta de los fariseos”, introdujeron un tema que llevó a una con­troversia en la iglesia y consternó a los creyentes gentiles. Estos maestros afirmaban que, para ser salvo, había que circuncidarse y guardar toda la ley ceremonial. Los judíos se enorgullecían del servicio del Santuario establecido divinamente, y muchos conversos al cristianismo sentían que si Dios había ordenado a los hebreos la manera de adorar, era improbable que autorizara cambios en ella. Insistían en que las leyes y ceremonias judías debían ser incorporadas al cristianismo. Eran lentos para discernir que todos los sacrificios habían prefigurado la muerte del Hijo de Dios, donde el símbolo se había encontrado con la realidad, y que los ritos y ceremonias del sistema mosaico ya no eran obligatorios.

Lee Hechos 15:2 al 12. ¿De qué modo se resolvió esta disputa?

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Aunque [Pablo] esperaba que Dios lo guiara directamente, estaba siempre listo a reconocer la autoridad impartida al cuerpo de creyentes unidos como iglesia. Sentía la necesidad de consejo; y cuando se levanta­ban asuntos de importancia, se complacía en presentarlos a la iglesia, y se unía con sus hermanos para buscar a Dios en procura de sabiduría para hacer decisiones correctas” (Los hechos de los apóstoles, p. 165).

Pablo, quien a menudo hablaba acerca de cómo Jesús lo había lla­mado y le había dado su misión, estaba dispuesto a trabajar con la iglesia. Se daba cuenta de que era parte de la iglesia y que debía trabajar con ella tanto como fuera posible.

¿Cuál es tu actitud hacia el liderazgo de la iglesia? ¿Cuán cooperati­vo eres? ¿Por qué tu cooperación es importante? ¿Cómo podríamos avanzar si cada uno hiciera lo que quisiera, independientemente del conjunto de creyentes?



Miércoles 7 de julio

NINGUNA CARGA MÁS”

Lee Hechos 15:5 al 29. ¿Qué decisión tomó el concilio y cuál fue su razonamiento?

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La decisión fue contraria a los judaizantes. Estas personas insistían en que los conversos gentiles debían circuncidarse y guardar toda la ley ceremonial, y que “las leyes y ceremonias judías debían incorporarse en los ritos de la religión cristiana” (Los hechos de los apóstoles, p. 156).

En el versículo 10, Pedro pintó estas leyes antiguas como un “yugo” que era difícil de llevar. Dios, que instituyó esas leyes, ¿las haría un yugo para el pueblo? Difícilmente. En cambio, a lo largo de los años y usando sus tradiciones orales, algunos de los líderes transformaron muchas de esas leyes, que tenían la intención de ser bendiciones, en una carga. El concilio procuró evitar a los gentiles esas cargas.

No hay ninguna sugerencia de que los gentiles no debían obedecer los Diez Mandamientos. Después de todo, ¿podríamos imaginarnos al concilio diciéndoles que no comieran sangre, pero que ignoraran los man­damientos contra el adulterio o el asesinato?

¿Qué reglas se dieron a los gentiles, y por qué se les dieron esas reglas específicas (Hechos 15:20, 29)?

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Aunque los creyentes judíos no debían imponer sus reglas y tradicio­nes a los gentiles, el concilio quería que los gentiles no hicieran cosas que pudieran ser consideradas ofensivas por los judíos que estaban unidos a ellos en Jesús. Por eso, los apóstoles y los ancianos acordaron instruir a los gentiles por carta que se abstuvieran de carnes ofrecidas a los ídolos, de la fornicación y de comer sangre. Algunos dicen que, como la observancia del sábado no se mencionó específicamente, no debía imponerse a los gentiles (por supuesto, los mandamientos contra mentir y asesinar tam­poco fueron mencionados, de modo que el argumento no tiene sentido).


¿Podríamos nosotros, de alguna manera, estar poniendo cargas que no son necesarias y que son más una tradición que un mandato di­vino? Si es así, ¿cómo? Comparte tus pensamientos con la clase el sábado.